Desempleo, manos y aboliciones

¿Quién hará los zapatos para tus pies?
¿Quién hará las prendas que vistes?
¿Quién tomará las promesas que no necesitas mantener?
No te fijes ahora, no serás ni tu ni yo.

 


El mercado laboral está muy difícil. Más vale agarrar lo que haya, no importa lo largo de la jornada.
En este relato quizá podríamos encuadrar el ascenso de los pasantes no pagados, esos ejércitos de profesionistas que se ven atrapados en un hilo de trabajos no remunerados (principalmente en oficinas) bajo el hechizo de la sombría frase “¡Te debería cobrar por lo que estás aprendiendo!”. Estas prevenciones son el aderezo para egresados, egresables, propios y extraños. Un espectro recorre el mundo y se llama desempleo.

Desde inicios del siglo XX predicen cada tanto que habrá jornadas laborales más y más cortas en un futuro cercano; nos dicen que en ese más allá podremos disfrutar del resto de aspectos de la vida, ya sin muchas de las compulsiones del trabajo. Esos días del futuro pasado vienen y van sin tales cambios. En un artículo interesante, el antropólogo David Graeber (autor, entre otras obras, de The Democracy Project) nos explica que para dar cuenta de esto, habríamos de agradecer al aumento del consumismo y de los trabajos “de mentiras”.

La clase media alrededor del mundo vive en una duda existencial permanente y quienes ya se van viendo desplazados se proclaman como el innecesariado: clases otrora protegidas se ven relegadas del discurso político, ven sus aspiraciones desvanecerse, finalmente se ven obligados a ver con ojos sobrios sus relaciones con la vida y con sus semejantes.

Los autores clásicos ya nos advirtieron que cada avance es un retroceso desde que el capitalismo es el espíritu mental del momento. Cada vez, más individuos se despiertan a la gran contradicción: no tienen un trabajo [socialmente valioso]. En lugar de que esta sea una paulatina emancipación, es una condena de muerte cuando se adelgazan las instituciones de seguridad social. El hombre podría elevarse por encima de su condición humana y emplear ese tiempo libre en la creatividad. En cambio, vemos que significa que la realización de los derechos humanos queda supeditada al marco de las leyes económicas; empero, las leyes económicas cuando no están restringidas son la ley de la selva.

¿Qué respuestas nos dan? Por un lado, el emprendedurismo: ¿cuántos Zuckerberg admite la economía? ¿Para sostener a cada uno de ellos, cuántos seres humanos necesariamente no la hacen? Por cada puesto subordinado que se evite/ahorre gracias a los adelantos tecnológicos, ¿a cuántos seres humanos se deja sin sustento? Por otro lado, es imposible meter al genio de regreso en la botella, la mano invisible del mercado se dibuja a sí misma premiando sobremanera a quienes financian la creencia obligatoria en ella.

Drawing_Hands.jpg
Drawing Hands, M.C. Escher, 1948

Oxfam nos avisó que 62 individuos tienen los mismos recursos que la mitad de la humanidad. En Forbes hay quien ha aventurado que son cuatro las compañías que controlan al resto. La notoriedad de las reuniones a puerta cerrada ya es legendaria. La tecnología lleva un imperativo hacia el progreso, haciendo más eficientes los procesos que terminan por reducir la necesidad del trabajo humano. Marx predijo un mundo donde las máquinas harían todo el trabajo y el papel principal de la gente sería supervisarlas: un postcapitalismo donde la fuerza productiva principal sería la información y el conocimiento. Por supuesto, esto depende de que no haya 62 dueños o menos de la información.

¿Paramos a uno de los proyectos marxistas de cabeza? ¿Qué tal si el decreto inexorable del destino no era la abolición del Estado por el trabajo sino la abolición de ese gasto productivo de cerebros humanos, de músculos, de nervios y de brazos por las poblaciones? ¿Aún hay tiempo para creer en bienes comunes? ¿Vamos hacia una utopía a la Zeitgeist o una distopía?

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